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Rubén Darío, la patria simbólica de los poetas

El 6 de febrero se cumplen cien años de la muerte de uno de los poetas modernistas más importantes de América Latina, el nicaragüense Rubén Darío, un motivo extraordinario para repasar su obra.


Por Martín Ungaro

Félix Rubén García Sarmiento, más conocido bajo el seudónimo de Rubén Darío, construyó una poesía originalísima para su época con el impulso de hacer “accesible” el lado bello de la realidad a todos los seres humanos. Agazapado detrás de metáforas y símbolos –dos de sus herramientas más notables-, el poeta escapó de la literatura realista y “comprometida” del comienzo del siglo XX en busca de escenas fantásticas y exóticas para Latinoamérica.

Su literatura, apoyada en una métrica renovadora, deja una sensación de singularidad, a partir de los exámenes de conciencia del poeta de los que no están exentos el alcohol, las drogas y las amantes que pasaron por su lecho y le trajeron más de un dolor de cabeza. Así pues, su mundo poético estaba poblado de fantasías, ilusiones, cisnes y tigres de Bengala en paisajes imposibles, algo que seguramente contempló en los surrealistas.

¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?

Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,
y en diferentes lenguas es la misma canción.

A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez...
Soy un hijo de América, soy un nieto de España...
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez.... (Los Cisnes)

A esos recursos utilizados magistralmente, Darío le agregó una musicalidad que estimuló al modernismo de uno y otro lado del océano Atlántico. Porque si en Latinoamérica renovó la lengua, hizo otro tanto con la lírica española, demorada entonces en cánones decimonónicos. En verdad, Rubén Darío rompió con la solemnidad hispánica a partir del romanticismo francés y de sus inteligentes lecturas de Victor Hugo y Verlaine.

“Había que reaccionar contra la ampulosidad romántica y la estrechez realista”, supo escribir. También recomendó no seguir escuelas literarias ni imitar a otros poetas, ni siquiera a él mismo. Y a fuerza de ritmo y fantasía superó incluso a los parnasianos franceses a los que tanto amaba.

Su poesía, hecha con un idioma elegante pero no encadenado a las normas, fue una apertura hacia el exterior de la tradición hispana, aunque quiso siempre alejarse del materialismo hiperrealista anglosajón.

Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.

¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios, y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno del Cristo. (Canto de esperanza)

Vida. Rubén Darío nació en ciudad nicaragüense de Metapa, en 1867, y murió el 6 de febrero de 1916, en León. Su familia era conocida por el apellido de un abuelo, "la familia de los Darío", de donde tomó el seudónimo literario con el que se hizo célebre. El 21 de junio de 1890, contrajo matrimonio con una mujer con la que compartía aficiones literarias, Rafaela Contreras, pero sólo al año siguiente, el 12 de enero, pudo completarse la ceremonia religiosa, interrumpida por una asonada militar. Fruto de la unión, nació su hijo Rubén en Costa Rica el 11 de noviembre de 1891.

Más tarde, con motivo de la celebración del cuarto Centenario del Descubrimiento de América, conoció Europa enviado como embajador a España. Su felicidad se vio ensombrecida por la súbita muerte de su esposa, el 23 de enero de 1893, un hecho que lo sumió en la depresión y el alcoholismo.

También fue cónsul de Colombia en Buenos Aires, entre 1893 a 1898, y vivió en Madrid una larga temporada, enviado por el diario argentino “La Nación”. Desde la capital español, hizo viajes a Italia, Inglaterra y Bélgica, y a una de sus ciudades preferidas: Barcelona. Fue entonces que escribió “Cantos de vida y esperanza”, “El canto errante”, “El poema de otoño” y “El oro de Mallorca”.

Hay muchos libros “centrales” entre los de Rubén Darío, además de los ya nombrado: “Poema del otoño y otros poemas” (1910) y “Los motivos del lobo (1914) no deja de tener actualidad. Sin embargo, es en “Cantos de vida y esperanza” (1905), donde la forma nueva congrega la belleza con una intimidad cavilosa y preocupaciones sociohistóricas americanas.

Su prosa, en cambio, es más difícil en la era de la imagen. No obstante, “Azul” y en “Los raros” se puede hallar páginas que detallan su propia poética y sus intereses sociales y políticos.


Publicado el 3 de febrero de 2016 en gaceta.com